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Carmelina Padulo - 2012

Carmelina Padulo, Paramahansa y el altar

“¡No! ¡Ese cuadro es lo único que puede quedarse!”

Carmelina se sorprendió y se detuvo de inmediato. Devolvió la imagen de Paramahansa Yogananda a la pared en donde estaba. Qué extraño. Había recibido una orden muy clara, y aunque no quería cumplirla, se había acostumbrado a seguir con respeto y disciplina lo que le indicaban las voces que le hablaban dentro de su ser.

La tristeza tenía días aletargando sus pasos porque los espíritus le habían ordenado que se deshiciera de todas las imágenes de su altar. No era fácil cumplir con lo que le pedían. Se negaba rotundamente. Estaba paralizada, en una pieza.

¿Cómo podía ser eso posible? Esas ánimas le habían acompañado por muchos años, más de veinte. Eran su familia, sus guías, sus amigos. Le habían sacado del abismo de la sin razón, de la muerte en la que estuvo, dándole piso y estructura a su vida; convirtiéndola en una persona que ayudaba a diario a mucha gente. Tantas historias vividas. Tantos regalos. Tantas facultades recibidas.

Un espíritu le regaló la facultad de aporte. Con ese poder lograba materializar objetos, o más bien, traerlos desde otros sitios o dimensiones. Sacaba por su boca o con un movimiento de su mano, un equis compuesto con energías malignas que desde su emplazamiento oculto dañaba con magia negra a otra persona. Podía extraer un implante del cuerpo de alguien que le restaba la salud. Y la gente se curaba y prosperaba.

Sobre la cabeza de ese Negro Felipe de yeso de poco más de un metro ponía su mano derecha y podía escucharlo clarito dentro de su cabeza. Le daba, quizá, las indicaciones para llegar al lugar en que tenían a un secuestrado, siendo de vital importancia para que los cuerpos policiales hicieran el rescate (lo hizo un montón de veces por muchos años). Con la bellísima María Lionza en el centro, junto al imponente Guaicaipuro, habían presenciado tantos rituales de amor, ofrendas de luz ¡Cuánta gente se vio mejorada en su humanidad por Carmelina y sus espíritus!

Un día, sin mayores explicaciones, le dicen que debe continuar sola, sin santos de yeso. Eso simplemente, no lo entendía.

***

En aquel momento, le impresionó la determinante fuerza con la que le hablaron desde esa otra dimensión cuando intentaba bajar el cuadro del maestro yogui de la India.

No sé qué podía ser más extraño, que los maestros invisibles evitaran que la fotografía corriera el mismo destino de las figuras del altar, o que, en primer lugar, estuviera ese hindú allí, compartiendo su sonrisa de Mona Lisa con el variopinto panteón espiritual venezolano. De cualquier manera, le confirmaron a Carmelina que él podía quedarse, y así fue.

Cuando llegué por primera vez a ese templo, era casi de noche. No conocía a nadie y tenía muchas dudas. Me habían hablado de Carmelina y de su espiritualidad tan amorosa, y de lo peculiar de su camino. Mientras caminaba los pocos metros entre mi carro y el lugar, escuché mantras de Sai Baba. Vibraban con alegría ¿o quizá era yo? En fin, fue la confirmación de que mis pasos eran guiados. Pero ver a Paramahansa Yogananda en la pared fue la tapa del frasco. El escritor del clásico libro “Autobiografía de un Yogui”, enviado a occidente en 1920 por su gurú Sri Yuksterwar para dar a conocer la antigua sabiduría y el yoga de India; elegido directamente por el mítico gurú de los Himalayas Mahavatar Babaji (quien se asegura nació en el año 203 después de Cristo y todavía vive) estaba allí, adornando la pared en un improvisado templo de una zona rural de Aragua en el que el Dr. José Gregorio Hernández pasaba consulta los jueves y sábados y Carmelina, su secretaria, canalizaba las recetas.

¿Qué tal?

Ella me contaría con nostalgia más tarde lo duro que fue soltar a los santos y espíritus que tanto amaba. (Aún no sabía las maravillosas sorpresas que el Universo le procuraría). Su altar era bellísimo, grande, con muchas imágenes de todos los tamaños. Ella sintió que el mundo se le acababa cuando la obligaron a destruir todo ¡Debía llevar cada imagen al río y romperla!

Había terminado esa fase de su camino espiritual y debía continuar hacia una nueva forma de hacer las cosas y de ayudar a las personas.

Fue bajando figura a figura del altar y rompiéndola en el río. Con humildad y desapego, sus compañeros iban dejando la imagen y semejanza humana para convertirse en escombros, fragmentos, promesas cumplidas y rotas a la vez. La multitud de chamarreros y miembros de la corte india, vikinga, libertadora y médica, con entrega y silencio, se dejaban romper, dejándole a ella un poquito más de libertad. Elevando a golpes el corazón no menos destrozado de Carmelina desde las múltiples formas hasta el todo abstracto sin forma.

Cuando llegó a Negro Felipe su corazón se aceleró y sus manos comenzaron a temblar. No podía hacerlo. No, no, no. La pintura negra en la cabeza de la estatua estaba desgastada por tantas consultas, y dejaba ver algunas canas de cal. Él le habló por última vez. Con sabiduría y dulzura se despidió. Fluía entre ellos un sentimiento más allá de todo apego y raciocinio. Mutuamente, se dieron las gracias por favores concedidos, humana y escultura. Llorando, ella le dijo, con el alma entre las manos: “¡Yo no puedo. Rómpete tú!”, y él estalló amorosa y abruptamente ¡Se quebró por sí sola la estatua!

Y así quedó, regándose entre las piedras del río en una neblina de yeso que se hacía viento.

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Pedro Alejandro Rojas Berman

    Hermano de este universo conocedor de la existencia de los multiuniversos tu labor extraordinaria y hermosa nos lleva a los caminantes y buscadores a seguir ilustrandonos con tus conocimientos y descubrimientos, a su vez, al posible lector no despierto de como tu lo llamas «la matrix»…yo un sueño. ..quzas en tus lineas siembras el origen o esa pastilla azul q morfeo a neo dio…sigue adelante mi broh q estaremos ahi siempre apoyándote

    1. leoazarak

      Amigo Pedro, muchas gracias por tus comentarios tan bondadosos sobre mi y sobre mi trabajo. Para mi es un honor llevar adelante esta misión. Siento que no es cosa de conocimiento mío, si no más bien de lo contrario, de asumir que no tengo los conocimientos y las vivencias que otros sí tienen, como tú mi estimado amigo que tienes tantas historias qué contar de tus aventuras por esos multiuniversos. Gracias por el apoyo, por el amor profundo y por compartir la luz… Infinitas bendiciones para la hermosa familia. Todo esto es para ellos, para quienes vendrán después de nosotros, que lo harán todo mucho mejor.

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