En este momento estás viendo El placer que se niega tu cuerpo cuando dice que no

El placer que se niega tu cuerpo cuando dice que no

Hay algo que me viene dando vueltas en la cabeza desde hace rato, y creo que esta carta es el lugar para compartírtelo.

Es sobre el cuerpo. Sobre ese instante en el que intentas placer, en el que sabes que no estaría mal explorar y vivir con más pasión y disfrute, y aunque tú lleves rato diciéndole que sí, tu cuerpo dice que no.

No hablo del no de la boca. Ese ya lo conocemos. Hablo de otro más callado y más terco: el del tejido, el del músculo, el de una biología que decide por su cuenta.

El placer que llega hasta cierto punto y se detiene, como si hubiera una pared invisible. La apertura que se cierra antes de que llegue nadie. La cercanía íntima que el cuerpo esquiva sin pedirte opinión.

Y muchas veces ni siquiera aparece en la cama. Aparece a un lado, poniendo distancia con esa persona que amas. Como el cuerpo que empieza a enfermarse sin causa clara.

Como esa certeza silenciosa que tantas mujeres cargan en privado: «creo que algo en mí no funciona.»

Quiero decírtelo desde ya, despacio y claro, para que no se te pase: nada en ti está roto.

(Lo repito porque sé el peso que tiene leerlo cuando llevas años sospechando lo contrario.)

Lo que tu cuerpo hace cuando se cierra tiene la forma de una orden. Una que probablemente no recuerdas haber dado, porque no la diste tú.

Déjame contarte de una mujer que acompañé. No necesitas saber su nombre. Lo que te contaré es real.

Llegó porque el placer nunca terminaba de llegar. Su pareja, amoroso, atento, presente. Ninguna queja posible hacia él. Y aun así, justo cuando la intensidad crecía, algo en ella se apartaba. Como si se bloqueara todo dentro en el momento exacto en que el cuerpo iba a soltarse y sonreír hacia el Universo.

Cuando en terapia miramos hacia atrás, hacia su árbol, lo que apareció fue una lealtad.

Su madre nunca habló del placer. Lo vivió como deber, como algo que se soporta. Y detrás de su madre había una fila larga de mujeres que aprendieron lo mismo: aguantar.

Aguantar la frialdad, la ausencia, la indiferencia. Y convertir el aguante en virtud, casi en identidad. Una batalla tras otra de frialdad y prohibición.

Lo que ella llevaba inscrito, hondo, era el aguante como forma de pertenecer. El placer nunca había tenido un lugar legítimo en esa fila de mujeres. Y su cuerpo, fiel, cumplía el mandato sin que ella supiera siquiera que lo estaba cumpliendo.

Entonces algo se ordenó: su cuerpo llevaba años protegiéndola de algo que, en su árbol, alguna vez fue peligroso de verdad.

El trabajo con ella no fue forzar nada. Fue, primero, reconocer esa lealtad. Darle un lugar. Agradecerla, incluso, porque ese aguante también fue amor — una manera de no abandonar a las suyas.

Y después, despacio, escribir otra cosa. Una carta a las mujeres de su árbol que decía, más o menos así: “veo lo que vivieron. Honro su fuerza. Y elijo distinto. Me permito lo que a ustedes se les negó.”

No te cuento cómo termina, porque, ya te imaginarás. Terminó bien. Algo grande se movió. Por primera vez su cuerpo recibió una señal nueva: “el tiempo del peligro ya pasó, puedes soltar.”

Porque eso es lo que casi siempre encuentro debajo de estos cierres: una mujer profundamente leal. Fiel a un linaje que aprendió, con razones reales en su momento, que abrirse costaba caro. Que el placer traía castigo, o vergüenza, o el nombre que nadie quería llevar.

El cuerpo guarda todo eso. Lo guarda en la sombra, en esa parte que sostiene lo que nunca fue autorizado a existir. Y desde ahí organiza la intimidad entera, en silencio.

Quiero que todo esto no se quede en la cabeza. Que baje a la práctica real de tu vida — al amor, a tu cama, a tu pareja, a tu cuerpo cuando nadie mira — en forma de una pregunta distinta.

La próxima vez que tu cuerpo diga que no, en lugar de pelear con él, prueba a preguntarle: ¿a quién estás protegiendo? ¿de qué peligro, y de qué tiempo?

Quizá no haya respuesta inmediata. Pero la pregunta, sola, ya empieza a aflojar el cerrojo.

(Estas reflexiones nacen del trabajo que hago en Kamino, acompañando a mujeres por este mismo territorio. Lo nombro solo para que sepas de dónde viene lo que acabo de contarte.)

Tu cuerpo lleva años cuidando una historia que nadie escuchó. Esta vez, escúchala tú.

Infinitas bendiciones.

Deja una respuesta

dieciseis − catorce =