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El vacío interior se organiza de dos formas

Hay una niña, en algún lugar de tu historia, que hizo un cálculo silencioso. No lo pensó con palabras — lo sintió en el cuerpo, como se sienten las cosas antes de tener edad para nombrarlas: ¿de qué forma soy valiosa aquí?

Si la respuesta que encontró fue «cuando ayudo, me miran, existo, me prestan atención», ahí quedó grabada una estrategia. Funcionó tan bien que se quedó a vivir contigo.

En el Modelo de las Partes del Alma trabajamos esto desde Sheut, la sombra: lo exiliado, lo que el árbol no autorizó a existir de otra forma. Dentro de la sombra en el nombre, es decir, en el árbol genealógico, hay estructuras invisibles que llamamos nudos — patrones que organizan la vida sin que nadie los haya elegido conscientemente. Uno de ellos es el Nudo Narcisista.

No me refiero aquí a la vanidad, que claramente es una sombra conocida. Hablo de un vacío interior que se organiza de dos formas distintas según cada persona. Una cara invasora, que necesita ser el centro de todo. Y una cara invisible — la que casi siempre habita a la mujer 4 x 4 que sostiene el mundo con las manos abiertas — que necesita ser el espejo de todos los demás, y que se va desapareciendo de sí misma en el proceso.

Muchas mujeres cargan este nudo en su inconsciente familiar sin saberlo. A veces el nudo hace que atraigan a personas narcisistas: parejas, jefes, miembros cercanos de la familia. Otras veces les hace repetir, una y otra vez, la misma estrategia inconsciente para sentirse valiosas: ayudando, por ejemplo. Salvando a otros. Resolviendo los problemas de todos antes de que se lo pidan.

La niña que aprendió que ayudar era la forma de existir

En 1968, el psiquiatra Stephen Karpman describió algo que probablemente ya intuías sin nombre: en los vínculos que más nos importan, solemos quedar atrapados en uno de tres lugares. Víctima, el que se siente impotente y busca ayuda. Perseguidor, el que controla, critica, maltrata, abusa, señala el error. Y el rescatador, que acude siempre al lugar del salvamento.

Lo que Karpman documentó, y que sigue siendo lo más revelador de su trabajo más de cinco décadas después, es que estos tres lugares no son fijos. Rotan. La que hoy rescata, mañana puede ser perseguida por quien ya no quiere ser rescatado. Y quien fue víctima durante años, un día se convierte, sin darse cuenta, en verdugo de sí misma.

Aquí es donde el nudo y el triángulo se tocan. La niña que aprendió que ayudar era la forma de existir se convirtió, con el tiempo, en la mujer que ocupa el vértice del rescatador casi por default. Ese lugar es el único en el cual su valor no está en discusión, o por lo menos eso es lo que ella piensa.

Y aquí está la trampa hermosa y dolorosa a la vez: cuando tu valor depende de ser necesitada, el día en que ya no lo eres —los hijos crecen, tu pareja ya no necesita que le resuelvas, tus padres ya no están, tu equipo de trabajo aprende a caminar solo— algo dentro se sacude. No poder ejercer la función hace que se tambalee la identidad entera que se construiste sobre ella.

El filósofo Byung-Chul Han lo describió con precisión en su análisis de la sociedad del rendimiento: ya no necesitamos un capataz externo que nos empuje. Nos convertimos nosotros mismos en el verdugo interno, el que nunca está conforme, el que exige un poco más incluso cuando ya no queda nada que dar.

Lo que el cuerpo cobra cuando el valor depende de ser útil

El cuerpo, que es mucho más sabio que la mente racional, empieza a buscar equilibrio de otras formas cuando esto se sostiene por años. Fatiga que no se explica con las horas de sueño. Una imagen en el espejo que ya no se reconoce como propia.

Elaboro una hipótesis simbólica —porque recuerda que no soy el profesional que te dará un diagnóstico médico— para quienes trabajan conmigo la búsqueda del sentido de los síntomas, por ejemplo, de tiroides. Este órgano regula ritmo metabólico y tiempo, como la primera zona que habla cuando alguien no se permite bajar la velocidad.

Otro ejemplo es la relación entre la cistitis y los asuntos de territorio, cuando se vive la frustración por la imposibilidad de organizar o defender un espacio propio.

El cuerpo insiste en pedir, cada vez con más fuerza, lo mismo que la mente evita: descanso, territorio propio, permiso para no estar disponible.

Mi enfoque está en la terapia transpersonal, integrando biología, espiritualidad, árbol genealógico, personalidad y más.

Un caso de mi práctica: nombre falso, historia real.

Yolanda llegó a Kamino después de una separación que no vio venir. Durante años había sido, en sus propias palabras, «la que resolvía todo». Cuando su pareja se fue, no sintió solamente esa pérdida. Sintió algo más incómodo: una especie de inutilidad, como si su valor entero se hubiera esfumado junto con la posibilidad de rescatar a alguien.

En las primeras sesiones hablaba solo del otro. Le pregunté, con calma: «¿Y tú, Yolanda? ¿Qué necesitas tú?» Se quedó en silencio un largo rato. Fue la primera vez, me dijo después, que alguien le hacía esa pregunta y esperaba, de verdad, una respuesta.

Trabajamos el origen: una infancia donde ser útil era la única forma segura de recibir atención. Poco a poco, empezó a distinguir cuándo daba desde lo que le sobraba, y cuándo daba desde el miedo a no valer si no daba.

Hoy Yolanda sigue ayudando —eso no cambió, y no tendría por qué cambiar. Lo que cambió es desde dónde lo hace.

Si te reconoces en algún vértice de este triángulo, el primer movimiento no es dejar de ayudar. Es preguntarte, con la misma ternura con la que le hablarías a una amiga: en este vínculo, ¿estoy dando desde lo que me sobra, o desde la necesidad de que me necesiten?

Si sientes que es momento de mirar esto de una forma más profunda, puedes pedir tu llamada de claridad gratuita. El enlace está aquí.

Infinitas bendiciones.

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