Hay una sensación que conocí mucho antes de tener palabras para ella.
La de haber llegado al planeta equivocado. A la familia equivocada.
Yo era un niño con una tristeza y una soledad que no entendía. Sin saber cómo, ya llevaba dentro la certeza de ser la oveja negra de mi familia.
Creía que esa sensación hablaba de algo que no funcionaba en mí.
Hoy la miro de otra manera.
Después vino la adolescencia, ocupada y estresada, y el rock and roll para descargar la frustración. Después la adultez, con el periodismo, lo multimedia y la fotografía, que me dieron una excusa para encontrarme en la mirada de los otros.
Hay quienes buscan su rostro en un espejo. Yo lo buscaba en los ojos de quienes retrataba.
Años más tarde, frente a veinticinco maestros que fotografié, entendí algo de mi propósito. Ahí me descubrí artista.
Pero hay algo que me intriga desde hace años, y quiero compartirlo contigo.
Hoy conozco a miles de personas que cargan esa misma sensación. Y en ellas se repite algo.
Llevan un deseo de vida enorme. Es una energía pulsante, una intención, una pasión latente que busca poder expresarse.
Y crecieron en familias que no sabían qué hacer con eso, familias que no pudieron nutrir esa semilla de vida expansiva y creativa que habita en sus corazones.
Imagina un instrumento musical enorme que llega a una casa de puertas estrechas. Por ninguna puerta cabe, y nadie sabe en qué habitación ponerlo y afinarlo.
Esa infinita distancia entre la promesa del ser verdadero y la oportunidad real de realizarlo sin bloqueos ni mandatos, dolió mucho. Quizá a quienes me rodeaban tampoco nadie les mostró dónde poner su deseo, su fuerza interior y su pasión.
Y aun así, mira lo que hizo ese deseo. Nos puso a caminar. Nos llevó a buscar libros, maestros, preguntas, lugares donde alguien entendiera lo que sentíamos. Cada búsqueda mantenía vivo algo que la casa no sabía recibir.
¿Dónde sientes tú esa incoherencia?
En el pecho, quizá. En la garganta, donde se aprende a tragar lo que se quiere decir. En el lugar del cuerpo que se encoge cuando entras a una sala donde nadie te espera. Todo eso te va haciendo cada vez más pequeño, cada vez mas opaco.
Yo conozco bien el vacío de reconocimiento. Lo guardé en mi sombra, tejido por el guión de mi historia familiar. Lo que quedó sin reconocimiento sigue ahí, esperando una mirada, a veces durante décadas.
Hace dos años me llegó una invitación para hablar ante personas de muchos países. Llegó esa mirada, ese reconocimiento justo a ese lugar de mi sombra, a un sitio que llevaba esperando desde niño.
Lloré. Lloré de emoción, cuando supe que estaría al lado de grandes maestros espirituales, en la flow! summit de Younity en 2024. Hoy lo veo con humildad y entendiendo que eso también me enseñó a llenar ese vacío en mi.
Quienes se reconocen en esta historia buscan algo que tiene nombre. La autoridad que no recibieron. El poder que nadie les transmitió. La fuerza para materializar el sueño más grande de esta vida.
Cuando la autoridad no se transmitió, queda un solo camino para llegar a ella: el propio, el del corazón, paso a paso, recuperando e integrando los fragmentos perdidos del alma hasta reconocerla como propia.
Así me ocurrió a mí. Recorrer mi propio camino, año tras año, me devolvió poco a poco la autoridad que había perdido.
Te dejo con una imagen.
Un instrumento enorme. Una casa de puertas estrechas. Y alguien en el umbral, afinándolo para cuando llegue el momento de salir a escena.
¿Dónde estás tú en esa imagen?
Infinitas bendiciones.
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