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¿Y si confrontar a quien te ofendió fuera el acto más amoroso que puedes hacer por ti?

Hay algo que me viene dando vueltas en la cabeza desde hace semanas, y tiene que ver con un malentendido que veo repetirse en casi todas las personas que llegan a mi consulta: la idea de que el perdón es el primer paso para sanar una herida.

Lo escuchamos tanto que ya ni lo cuestionamos. «Tienes que perdonar para avanzar.» «Mientras no perdones, sigues atada al pasado.» Y sin embargo, cuando alguien intenta perdonar de entrada —sin haber pasado por nada antes— el perdón sale vacío. Se siente como una obligación más, no como un movimiento real.

Alejandro Jodorowsky, en su trabajo de metagenealogía, plantea un orden distinto. Y ese orden cambió por completo la forma en que acompaño a las personas en Kamino.

El orden que nadie te explicó

El perdón suele llegar al final del recorrido, cuando ya ocurrieron otros dos movimientos que casi nadie nombra: confrontar lo que pasó, y perdonarte a ti por lo que hiciste (o dejaste de hacer) mientras cargabas esa herida.

Adriana llegó a terapia con una pregunta que sonaba, en un principio, completamente lógica: «¿por qué tengo tan mala suerte con los jefes?» Llevaba años trabajando bajo hombres que la humillaban en público y luego, en privado, le pedían que fuera «más flexible». Ella no se defendía. Lloraba, y después se odiaba por llorar.

A medida que avanzábamos, apareció su madre. No de golpe —apareció en los detalles que Adriana mencionaba sin darle importancia: que de niña, cuando su madre entraba a una habitación, todos bajaban la voz. Que sus opiniones no eran opiniones, eran traiciones. Adriana había aprendido, muy temprano, que sobrevivir significaba desaparecer un poco.

Esa herida no se quedó en la infancia. Se mudó con ella a cada trabajo.

Confrontar sin pedir permiso

Jodorowsky habla de tres formas eficaces de sanar un abuso: aprender a decir «no, gracias» cuando algo vuelve a ofrecer lo mismo que nos dañó; darnos a nosotros mismos lo que no recibimos (y dárselo también a otros); y confrontar.

Confrontar apunta a un movimiento interior muy concreto: informar, con toda claridad, lo que se sintió —sin esperar que la otra persona cambie o reconozca nada.

El protocolo tiene cuatro pasos. Primero, nombrar los hechos objetivos: esto me hiciste. Después, las emociones: esto sentí. Luego, las consecuencias: esto produjo en mi vida. Y por último, lo que todavía se carga hoy: esto sigo cargando.

Y después de nombrar todo eso, viene la parte que más cuesta: pedir, aunque sea simbólicamente, una reparación. Aunque es improbable que la otra persona vaya a pagarla, el sistema de cada quien necesita escuchar que la deuda existe, que tiene nombre, monto y justificación.

Le pedí a Adriana que escribiera una carta con todo lo que sentía. Con una lista de los abusos —intelectuales, emocionales, materiales— que había identificado. Que revisara qué había pasado, qué no, qué le había costado años de silencio.

Le pedí que fuera con su madre a un lugar neutral, que le leyera esa carta en voz alta, y que cerrara nombrando con claridad una reparación: un millón de dólares, sintió ella. Así lo escribió. Así lo dijo.

Esa reparación simbólica e irracional, tenía completo sentido para el inconsciente de Adriana, y es lo único que importa en este caso.

Su madre se quedó en silencio unos segundos, y luego la abrazó como nunca lo había hecho.

«Ya no necesito que ella cambie para yo estar bien.» Esa frase, dicha meses después, fue la que me confirmó que el trabajo había rendido sus frutos.

Reparar es lo que baja al mundo

Confrontar y perdonarte ocurren, sobre todo, adentro. Reparar es distinto: es el movimiento que baja al cuerpo, a la vida diaria, al mundo real.

Adriana empezó, semana a semana, a hacer algo pequeño y concreto por sí misma que su madre nunca le había ofrecido: decidir sin pedir permiso, descansar sin justificarlo, decir lo que pensaba en una reunión sin ensayarlo cien veces antes.

Y lo que pasó después en su trabajo, aunque tomó tiempo, fue real: cuando su jefe levantaba la voz, algo en ella ya no se encogía de manera automática. Se quedaba de pie con dignidad y auto respeto. Y su jefe, curiosamente, empezó a tratarla distinto.

Esto es lo que quiero que quede claro, sobre todo en la práctica real: reparar depende de que tú decidas vivir hoy de una forma que tu propio linaje nunca se permitió —no de que el otro pague, ni de que reconozca nada.

Cada uno de los nudos que trabajamos en esta Newsletter Noti Ka o en La escuela del todo Podcast —el Narcisista, el Sadomasoquista, el Trinómico, y los demás— carga su propia versión de esta misma deuda, disfrazada distinto. Pero el movimiento que la cierra siempre es el mismo: nombrar, perdonarte, y reparar.

Te dejo esta pregunta para tu reflexión ¿Qué deuda llevas cargando, sin haberla nombrado todavía?

P.D. Si sientes que esta deuda es más tuya de lo que te gustaría admitir, y quieres acompañamiento para nombrarla, agenda una llamada de claridad, completamente gratuita, para conversar sobre tu proceso y sobre Kamino.

Infinitas bendiciones.

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