Hace unos días el suelo se movió bajo mis pies. No fue una metáfora esta vez. Fue el edificio, crujiendo, y dos personas que amo mirándome para saber si debían tener miedo.
En esos segundos no pensé que fuera tan grave. Pensé en mi cuerpo, en mi familia. En bajar las escaleras manteniendo la calma. En la gente que abajo lloraba, agradecía su vida y rezaba, todos con la mismas preguntas: ¿qué pasó? ¿nuestros familiares en sus casas estarán bien?
Intentábamos llamadas para corroborarlo.
En ese mismo momento, en otras partes del país, miles de personas estaban quedando sepultadas bajo escombros.
Muchos esperarían por ayuda. Otros ya se habían ido.
No quiero hablarte de las cifras. Las cifras abruman. Las imágenes son devastadoras. Quiero hablarte más bien de algo más silencioso: qué pasa con un alma cuando se va de manera inesperada.
Hay una idea que he integrado luego de años de exploración y estudio, que aparece en distintas tradiciones con distintos nombres: que morir no es el fin, no es apagarse y ya. Que la muerte es cruzar una puerta hacia otra habitación, hacia otra frecuencia de existencia.
El Ka —esa fuerza vital que en la tradición egipcia se entendía como el doble, la chispa que continúa cuando el cuerpo ya no puede— es la parte del alma que sigue su camino hacia otro plano.
Pero cuando la partida es súbita, el Ka a veces no entiende lo que pasó, sobre todo si no ha hecho un trabajo espiritual a lo largo de su vida.
Se queda mirando hacia la tierra. Buscando el cuerpo que ya no tiene. Esperando que alguien le diga que puede irse.
Y aquí está lo que quiero que te quede de esta reflexión: los que nos quedamos también tenemos trabajo pendiente.
A veces, es emocional. No solo llorar —cosa que se vive de manera natural. Llorar, y llorar bien, sin apurar el duelo ni el propio ni el ajeno.
Quienes nos quedamos, también podemos, desde el amor por la vida, ayudar a esas almas a soltar la tierra, a que sigan su camino. Allí estaría el trabajo espiritual.
No necesitas ser terapeuta para eso. No necesitas conocer a quien partió.
Solo necesitas estar dispuesto a creer, o aunque sea a estar abierto a la idea, de que la vida no termina, solo cambia de frecuencia.
Si quieres la guía completa de cómo acompañar ese cruce —una técnica que aprendí hace años y que comparto con todo el respeto que merece— ya la dejé en el carrusel de esta semana en Instagram. No voy a repetirla aquí. Este espacio es para otra cosa: para que, si estás cargando culpa por no haber podido hacer nada, por haber estado lejos, por seguir viva mientras otros no, sepas que esa culpa también es parte de lo que hay que soltar.
Tu cuerpo no necesita cargar lo que no era tuyo cargar.
Apoya en lo que puedas. Ayuda en lo que puedas. Pero siempre, hazlo después de atenderte y darte a ti lo que necesitas. No puedes dar lo que no tienes.
Consigue paz y sosiego.
Luego de atenderte y equilibrarte, date el permiso de hacer tu duelo. Sea el que sea. Puede ser personal o incluso un duelo simbólico, abstracto, colectivo, si así lo sientes.
Tu linaje ya sabe sostener el duelo — lo ha hecho antes, generación tras generación, aunque nadie te lo haya dicho con esas palabras.
Ten la seguridad de que las almas que partieron no se están perdidas. Están en camino.
Hoy, si puedes, enciende algo. Una velita, una intención, un minuto de silencio real. Hazlo con el corazón en paz, con amor y luz para acompañar.
Eso también es Kamino.
Infinitas bendiciones.